La tragedia llegó tan repentinamente que nadie esperaba que el golpe final de la ola fuera el momento de la separación.

La tragedia llegó tan repentinamente que nadie esperaba que el golpe final de la ola fuera el momento de la separación.
Todo siguió como siempre: el murmullo de la multitud, las miradas expectantes, el ritmo constante que parecía eterno. El carruaje emergía una y otra vez, como si nada pudiera alterar su destino… hasta que dejó de hacerlo.
Un silencio pesado se apoderó del aire.
Las olas continuaban rompiendo, sí, pero aquello que todos aguardaban nunca regresó.
En el centro, Orcus permaneció en el círculo.
No se movía, no huía. Tan solo estaba allí, inmóvil, como si aguardara una señal que nunca llegaría… o quizá como si ocultara un secreto que nadie más podía comprender.
Las miradas se cruzaron entre los espectadores: algunos rezaban en voz baja, otros apenas podían contener el llanto, y todos sabían —aunque nadie lo dijera— que algo irrevocable había sucedido bajo la superficie.
Y entonces…
La espuma del mar se abrió un instante, dejando ver un destello que desapareció tan rápido como surgió. Fue suficiente para dejar helados a todos los presentes.
Lo que fuera que había ocurrido ahí abajo, ya no pertenecía al mundo de los vivos.
Desde ese día, el círculo de Orcus se convirtió en leyenda: un escenario donde la vida y la tragedia se fundieron en un solo instante, y donde aún hoy, quienes estuvieron allí, dicen sentir la presencia de aquello que nunca regresó.