Una jarana jarocha, el pequeño instrumento de cuerdas que es el alma del son jarocho. Nadie imaginaba que esa noche cambiaría para siempre la perspectiva de muchos sobre lo que significa la verdadera música. Lucía había llegado al teatro por invitación de los organizadores locales del festival, quienes querían incluir un pequeño homenaje a la música tradicional veracruzana al final del evento. Era un gesto político más que artístico. Mostrar que México también tenía cultura, aunque fuera solo como un apéndice de 5 minutos después de 3 horas de música seria.

La joven había crecido en Tlacotalpan, un pueblo mágico a orillas del Papaloapan, donde el son jarocho no era solo música, sino la forma en que la gente respiraba, amaba, celebraba y lloraba. Su abuelo, don Artemio, había sido uno de los jaraneros más respetados de la región. Le había enseñado a tocar desde que era una niña pequeña sentada en su regazo, mientras sus dedos ásperos le mostraban cómo acariciar las cuerdas. La jarana no se toca con los dedos, mi hija”, le decía siempre, “se toca con el corazón.

Cada rasgueo cuenta una historia. La historia de nuestra gente, de nuestra tierra, de nuestros antepasados que vinieron de África, España e indígenas que se mezclaron aquí en esta tierra bendita. Don Artemio había muerto hacía 6 meses. En su lecho de muerte le había entregado su jarana, la misma que ahora Lucía sostenía con manos temblorosas. Llévala al mundo, mija. Enséñales que nuestra música no es menos que la de ellos. Es diferente, pero tiene el mismo valor. Lucía observaba a Klaus Friedrich Simmerman saludar una y otra vez al público.

El pianista alemán era una leyenda viviente. Había estudiado en el conservatorio de Leipzig. Había tocado con las orquestas filarmónicas más prestigiosas. Había grabado más de 30 álbumes. Sus manos eran consideradas tesoros nacionales en Alemania. Pero cuando bajó del escenario y pasó junto al área de camerinos donde Lucía esperaba su turno, lo escuchó hablar con el director del festival, un hombre mexicano que intentaba congraciarse con el maestro europeo. ¿Y después de mí toca música folkórica?, preguntó Klaus con un tono que no ocultaba su desdén.

Sí, maestro, solo un pequeño número de Sonjar 8, música tradicional de Veracruz, respondió el director casi disculpándose. Klaus se detuvo y miró hacia donde Lucía estaba parada, sosteniendo su jarana. Sus ojos azules, fríos como el hielo, la recorrieron de arriba a abajo con una mezcla de curiosidad y desprecio apenas disimulado. Son jarocho, repitió pronunciando las palabras como si fueran algo exótico y primitivo. He escuchado algo de eso. Ruido folclórico, sin técnica real, ¿no? Rasgueos simples, sin armonía compleja, sin estructura.

No es música en el sentido formal. Lucía sintió como la sangre le hervía. apretó con fuerza el mango de la jarana, la misma que había pertenecido a su abuelo, la misma que había sonado en fandangos durante más de 50 años, la misma que había consolado a familias en funerales y había celebrado nacimientos y bodas. El director del festival rió nerviosamente sin saber qué decir. Klaus continuó, ahora dirigiéndose directamente a Lucía con una sonrisa condescendiente. No me malinterprete, señorita.

Estoy seguro de que es pintoresco. El folklore tiene su lugar, por supuesto, es entretenimiento popular, pero no podemos compararlo con la música clásica, que requiere años de estudio formal, comprensión de teoría musical avanzada, técnica depurada. “Con todo respeto, maestro”, interrumpió Lucía, su voz temblando no de miedo, sino de indignación contenida. El Sonjar tiene más de 300 años de historia, tiene raíces africanas, españolas e indígenas. Tiene estructura, tiene complejidad. Tiene Klaus levantó una mano con gesto elegante, pero autoritario.

Querida, he dedicado 40 años al estudio de la música. He estudiado en los mejores conservatorios de Europa. Créame cuando le digo que conozco la diferencia entre música seria y entretenimiento folclórico. Ambos tienen su valor, pero no están en el mismo nivel técnico. Se dio la vuelta para marcharse, pero antes agregó casi como una ocurrencia tardía. Aunque le deseo suerte con su presentación, estoy seguro de que el público local lo disfrutará. Lucía se quedó paralizada, sintiendo las lágrimas de frustración quemándole los ojos.

El director del festival la miró con lástima y murmuró, “No le hagas caso. Ya sabes cómo son estos europeos. Creen que inventaron la música, pero esas palabras no consolaban a Lucía. Pensó en su abuelo en todas las noches que había pasado enseñándole no solo a tocar, sino a sentir la música. Lucía se encerró en el pequeño camerino que le habían asignado. Era un cuarto modesto, muy diferente del lujoso camerino que seguramente Klaus había ocupado. Se sentó en una silla desvencijada, sosteniendo la jarana de su abuelo contra su pecho.

Las palabras del pianista alemán resonaban en su mente, ruido sin técnica. Así veía él la música que había sido el corazón de su familia durante generaciones. Así veía la tradición que mantenía vivas las raíces de todo un pueblo. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la inundaran. Se vio a sí misma de 7 años, sentada en el portal de la casa de su abuelo en Tlacotalpán, mientras don Artemio y sus amigos tocaban hasta el amanecer. recordó como las personas del pueblo se reunían espontáneamente cuando escuchaban el son, cómo bailaban el zapateado sobre la tarima de madera, cómo improvisaban versos llenos de sabiduría, humor y verdad.

El son jarocho no es solo música, mi hija le había dicho su abuelo una vez, es nuestra forma de hablar con los dioses, con los ancestros, con la tierra misma. Cuando tocas la jarana, estás tocando el alma de Veracruz. Cada rasgueo es una oración. Cada ritmo es el latido del corazón de nuestra gente. Lucía abrió los ojos. No, no iba a permitir que un europeo arrogante, por más títulos que tuviera, menospreciara su herencia. Su abuelo le había enseñado que la música no se medía por la complejidad de sus partituras o por los diplomas colgados en la pared.

Se medía por su capacidad de tocar el alma humana, de contar historias, de unir comunidades. Un toque en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Marisol, una de las organizadoras del festival, una mujer veracruzana de mediana edad. Lucía, faltan 10 minutos. ¿Estás lista? Lucía se puso de pie al su traje tradicional. “Sí, estoy lista.” Marisol dudó un momento antes de decir, “Escuché lo que dijo el alemán. Lo siento mucho. Ese hombre es un No importa”, interrumpió Lucía con voz firme.

“Voy a mostrarle qué es el son jarocho. Y si no puede entenderlo, es su pérdida, no la nuestra.” Son jarocho, repitió pronunciando las palabras como si fueran algo exótico y primitivo. He escuchado algo de eso. Ruido folclórico sin técnica real. No. Rasgueos simples, sin armonía compleja, sin estructura. No es música en el sentido formal. Lucía sintió como la sangre le hervía. Apretó con fuerza el mango de la jarana, la misma que había pertenecido a su abuelo. La misma que había sonado en fandangos durante más de 50 años.

la misma que había consolado a familias en funerales y había celebrado nacimientos y bodas. El director del festival rió nerviosamente sin saber qué decir. Klaus continuó ahora dirigiéndose directamente a Lucía con una sonrisa condescendiente. No me malinterprete, señorita. Estoy seguro de que es pintoresco. El folklore tiene su lugar, por supuesto, es entretenimiento popular, pero no podemos compararlo con la música clásica, que requiere años de estudio formal, comprensión de teoría musical avanzada, técnica depurada. Con todo respeto, maestro, interrumpió Lucía su voz temblando no de miedo, sino de indignación contenida.

El Sonjar tiene más de 300 años de historia. Tiene raíces africanas, españolas e indígenas. Tiene estructura, tiene complejidad. Tiene Klaus levantó una mano con gesto elegante, pero autoritario. Querida, he dedicado 40 años al estudio de la música. He estudiado en los mejores conservatorios de Europa. Créame cuando le digo que conozco la diferencia entre música seria y entretenimiento folkórico. Ambos tienen su valor, pero no están en el mismo nivel técnico. Se dio la vuelta para marcharse, pero antes agregó casi como una ocurrencia tardía